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        <title>El Hombre solitario</title>
        <description><![CDATA[El Hombre Solitario es el daimon de Roger Wolfe.]]></description>
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        <lastBuildDate>Mon, 06 Sep 2010 00:57:57 GMT</lastBuildDate>
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            <title>Re: Facebook</title>
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            <description><![CDATA[<h2><font class="Apple-style-span" color="#000000">Re: Facebook</font></h2><div><h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">Está usted obviamente en lo cierto, señor Abad, en relación con los infundados temores que albergaba yo a propósito de presuntas suplantaciones de identidad que, según ciertas informaciones recibidas de fuentes que obviaremos divulgar, hubiera podido sufrir este humilde servidor en el arriba mencionado Libro de los Semblantes.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">La cuestión es que a veces hay benditos por estos mundos de Dios que quieren ponerlo a uno a salvo de peligros inexistentes. Pero en el fondo su actitud surge también de la admiración y del cariño, así que no se lo debemos tener en cuenta. Otra cosa son los malandrines que obran de clara, o mejor dicho de turbia, mala fe; esas pobres almas descarriadas abundan, ciertamente, y no hay que mostrarles más misericordia que la estrictamente necesaria para ayudarlas a soportar el yugo de la penitencia que sus propios pecados les imponen.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">En cualquier caso he de decirle que le hice una rápida visita a la página del mencionado Libro, cuyo enlace tan amablemente me hizo llegar maese Llorente (es decir, nuestro común amigo Vinnie, de los Petreles), y no sólo pude constatar que en efecto no existe suplantación alguna, sino que con enorme y bien deleitosa sorpresa comprobé también que hay un nutrido grupo de intrépidos cibernautas que me rinden auténtico culto, y que la cosa exhibe tintes de ir a más.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">¿Vería usted posibilidades de crear una Iglesia, domiciliada por ejemplo en California, para intentar sacarle mayor rendimiento espiritual —y crematístico; no sólo de agua bendita se nutre por desgracia el hombre— a la feliz circunstancia? Se me ocurre que podría llamarse la Iglesia Numénica de la Cuarta Pregunta, por ejemplo.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">Quizás incluso pudiera merecer la pena establecer contacto con los herederos de John L. Cubbard, el fundador de la exitosa sociedad de márquetin sacramental que con tantos incondicionales cuenta en Hollywood, por si les interesara una especie de acuerdo en régimen de franquicia compartida. La idea es sumamente atractiva, desde luego. Propongo someterla a debate en la próxima reunión del Consejo de Administración de la casa que tan admirablemente preside usted.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">Pasando a otros asuntos prácticos, quería yo preguntarle si tenemos noticias con respecto a la posible traducción del grueso volumen del señor H. C. Fucktowski, alias Hank, alias Charley el Polaco, alias el Viejo Verde. Servidor arde en deseos de hincarle el metafórico diente a las recias y bien sazonadas viandas del venerable aunque siempre incomprendido Abuelo...</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">Y se despide ahora para volver a su combate cuerpo a cuerpo con las labores de edición de <em>Vade retro, Harry</em>, el demoníaco y escalofriante relato del tristemente malogrado don Huberto Soulbite, no sin antes aprovechar la ocasión para transmitirle a usted, mi buen Abad, la sincera expresión de sus más distinguidos sentimientos.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">Quede usted con Dios (que como bien sabemos —y espero que me disculpe la fácil pero irresistible chanza—, acude puntualmente a todas sus citas).</span> </h4>  <h4 style="text-align: justify"> </h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">El Hombre Solitario</span> </h4><p>&nbsp;</p></div>]]></description>
            <pubDate>Sat, 04 Sep 2010 06:00:00 GMT</pubDate>
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            <title>Querido Vicente (III)</title>
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            <description><![CDATA[<h2><font class="Apple-style-span" color="#000000">Querido Vicente (III)</font></h2><div><h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">Aquí estoy por fin. Menos mal que no estamos sometidos a la tiranía del intercambio regular, porque yo soy un hombre que tiene a veces las posaderas donde debería tener el cráneo (aunque todavía es peor cuando en lugar de la mencionada región glútea son otros apéndices los que usurpan la sagrada bóveda de la testa...).</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">Tomé buena nota del cacharro audiofónico que me recomendaste, para ir preparando el recitado de los textos de la «segunda vuelta» de nuestro espectáculo escénico, de modo que no temas; cuando tenga liquidez es muy probable que me haga con él.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">Los trolebuses, por cierto, no van por el cielo, como pareciste entender por los comentarios de mi última carta. Lo que va o iba por el cielo son o eran las líneas eléctricas; los trolebuses son tranvías con ruedas neumáticas, que no han de rendirle pleitesía a la rígida dictadura de los rieles. Andan dando bandazos de un lado a otro, y los brazos articulados que tienen en el techo se estiran como patas de saltamontes. Estoy viendo ahora uno por la calles de Alicante, en el visor de mis más tempranas reminiscencias de crío. (Otra cosa que recuerdo es la dureza de un asiento de madera, de lo que probablemente fuera el penúltimo tranvía de Alicante, clavándoseme en el trasero mientras pasaba con mi madre junto al puerto, paralelo a la Explanada, rumbo a vete a saber dónde.)</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">En relación con la nueva etapa del espectáculo, por centrarme y yendo de una vez a lo que iba, ya me dirás si le habéis dado más vueltas a lo que me comentó el Abad —en respuesta a mi sugerencia de trasladarme unos días a los Petreles— de organizar por allí unos ensayos, que podrían incluir una actuación con la que financiar mi estancia.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">Yo necesitaría ir mirando fechas, para poder hacerme una composición de lugar y organizarme. Y ver cómo encajarlo de tal manera que no pierda demasiados días de trabajo, porque el horno no está precisamente para bollos, sino para humildes tortas (y añadiría que para sonoros tortazos, pero ésa ya sería otra historia...).</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">En cuanto al sirocazo que me entró recientemente, es mejor no añadir nada más. A mí a veces hay que dejarme gritar un poco. Luego me calmo y se me olvida todo en un santiamén. Heredé los accesos de cólera de mi abuelo (a quien demasiado mal no le sentaron, porque vivió hasta los 87). Y mis reacciones, como te dije anoche en esemese, son a veces de alcohólico.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">En fin. Se me va la olla y empiezo a cabrearme yo solo, como el tipo aquel del chiste, que pincha una noche de lluvia en medio de un páramo, y no tiene gato para cambiar la rueda, y se acerca a una granja cercana para ver si le pueden dejar uno, y de camino a la granja se va comiendo él solo de tal manera la cabeza que cuando llama y le abren, le suelta a bocajarro y sin mediar palabras previas al pobre hombre que aparece en la puerta: «¿Sabe lo que le digo? ¡QUE SE META EL GATO DONDE LE QUEPA!». ¡Ja ja ja ja ja!</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">El dinero, te dije, no tiene importancia. Y es verdad. En una realidad trascendida, el dinero es basura. El único problema es que hace mucha falta para vivir. Por otra parte, posee la milagrosa facultad de mudar el llanto en risa; de la misma manera en que su carencia crónica le acaba agriando el carácter al más ecuánime y risueño de los hombres. En ese sentido su efecto es bastante paradójico, si consideramos la universal mala prensa que tiene el vil metal: cuando entra el dinero uno se relaja, y al final, a menos que sea un bellaco, se vuelve mejor persona.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">Somerset Maugham habló mucho, aquí y allá, de este asunto del peculio; yo en mi <em>Nostradamus</em> cito una larga y atinada reflexión suya al respecto. Y el poeta mejicano Jaime Sabines tiene una magnífica pieza titulada «Oda al dinero», en la que le da precisamente la vuelta al tópico, y nos cuenta todas las cosas que tenemos que agradecerle al denostado parné, que son muchas.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">Lo del dinero quizá sea, como todo lo demás, una cuestión de actitud. Ramón Seva Montiel, que era un poeta de ésos que siempre hay en  los pueblos, o que había <em>in illo tempore</em>, y que en este caso era el «poeta de San Juan», un ser de dimensiones catedralicias en sus virtudes humanas, y que en cierta forma fue para mí lo más parecido que tuve nunca a un mentor, solía decir: «La gente <em>pasa</em> de todo sin renunciar a nada. De lo que se trata es justamente de lo contrario: de renunciar a todo sin pasar de nada». ¡Qué sabias palabras! Que Dios tenga a Ramón en su gloria.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">Cierro aquí, Vicente, que mañana suena diana a las cuatro (¡no hay errata!); dichosa imposición, por suerte o por desgracia necesaria para poder teclear un ratillo antes de salir a hacer un servicio de intérprete de larga y dura jornada completa en los alrededores de Madrid. ¡Y bienvenido sea el trabajo, que aunque a trancas y barrancas sigue entrando!</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"> </h4></div>]]></description>
            <pubDate>Sat, 28 Aug 2010 06:00:00 GMT</pubDate>
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            <title>Albricias de la lluvia</title>
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            <description><![CDATA[<h2><font class="Apple-style-span" color="#000000">Albricias de la lluvia</font></h2><div><h4 style="text-align: justify"><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span>Ha llovido esta mañana.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span"> <span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span>El mundo se ha lavado la cara y don Agosto hace las maletas.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"> <span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">Éste es el segundo momento dulce del verano (el primero es la gozosa entrada de Miss Junio, con su largo y ligero vestido de hilo blanco y su moreno olor de felicidad prendido del pelo).</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span>Rumores preotoñales susurran por el aire; la Virgen ascendió hace unos días al cielo, dejando limpia y en orden la heredad y ya casi madura la cosecha.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span>La vida va volviendo sin prisas a sus cauces.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"> <span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">Y el Hombre Solitario intuye inmensas nuevas posibilidades de dicha.</span></h4><p>&nbsp;</p></div>]]></description>
            <pubDate>Sat, 21 Aug 2010 06:00:00 GMT</pubDate>
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            <title>Visto para sentencia</title>
            <link>http://www.rogerwolfe.es/index.php?option=com_content&amp;view=article&amp;id=239:visto-para-sentencia&amp;catid=39:el-hombre-solitario&amp;Itemid=27</link>
            <description><![CDATA[<h2><font class="Apple-style-span" color="#000000">Visto para sentencia</font></h2><div><h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">En una de las entradas de esta bitácora del Hombre Solitario, de hace ya algunos meses, hacía yo mención de las famosas megacarteleras de los cines de la Gran Vía de Madrid.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">Y es muy curioso: esta mañana, en una vieja cafetería <em>a la antigua usanza</em> que a veces frecuento en el barrio, mientras me tomaba una tostada con aceite de oliva y el tazón de café con leche de rigor, he oído precisamente a un anciano y correoso lugareño lamentarse de la desaparición de aquellos pintorescos cartelones, que no sé si en Europa tendrían ya parangón. (Hace lustros que África, por desgracia, dejó de empezar en los Pirineos, y una de las muchas cosas que me temo que ya no volveremos a ver son esas carteleras. Las cafeterías <em>a la antigua usanza</em> también van de camino a su extinción, y la puntilla va a llegarles a partir de enero de 2011, con la prohibición absoluta de fumar; pero eso de momento mejor lo dejamos aparcado.)</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">Los comentarios del dicharachero viejo <em>gato</em> me han llevado a recordar algunos de mis más recientes paseos por la gran arteria central de esta malhadada urbe en la que escribo y sobrevivo y a ratos hasta soy feliz (aunque lo de ser feliz, como sabemos, conviene en lo posible tomárselo con calma, no vaya a resultar que se nos largue el santo al cielo y nos quedemos <em>in albis</em> ante la pantalla o el papel).</span></h4>  <h4 style="text-align: justify">   <span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">La Gran Vía siempre me ha infundido una profundísima sensación de tristeza. Aunque no es exactamente tristeza, porque la tristeza es en el fondo algo bonito, y si una cosa se puede decir del centro de Madrid es que de bonito tiene poco. No, lo que me pasa con Gran Vía y aledaños es que me deprimo. Me dejan el alma a la altura de los pies. Y el sentido de la estética, que si se me disculpa la inmodestia confesaré que tengo muy sensible, más abajo todavía.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify">   <span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">El novelista José Ángel Mañas dice en algún sitio que de noche la Gran Vía gana mucho. Estoy de acuerdo con él. De noche esa avenida es mínimamente tolerable, y hasta tiene cierta belleza rutilante, que la hace estar desconocida (como esas feas que de pronto un día te sorprenden, de lo inesperadamente guapas que están).</span></h4>  <h4 style="text-align: justify">   <span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">Pero de día es infernal; un total espanto de abismal cutrería y suciedad. Porque lo peor del centro de Madrid es lo sucia y emporcada que está. No se trata solamente de los restos de basura física —papeles, bolsas de plástico, envoltorios y hasta sobras de comida— que se arremolinan y amontonan por todas las esquinas; lo peor es que las calles, las aceras, las paredes, las fachadas, están escupidas, vomitadas, meadas y cagadas; indeleblemente teñidas de una especie de apestoso y emético escabeche que las impregna hasta los mismos tuétanos, y cuyos efluvios se mezclan con la contaminación ambiental y los humos de los escapes de los coches para formar un asfixiante miasma letal que flota espesamente en el ambiente como las emanaciones de un pudridero.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">En verano, por supuesto, a treinta y cinco grados a la sombra, ese pesadillesco pudridero irrespirable se convierte en un infierno en la tierra, en el que como decía la vieja canción de Leño ni las ratas pueden vivir.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">Los materiales con que se han ido rehabilitando diferentes partes del centro de la ciudad no han mejorado la cuestión, sino que la han empeorado visible y palpablemente; hasta el punto de que en el caso de algunas zonas recientemente peatonalizadas no se sabe si los pétreos baldíos enmerdados que han sido creados no serán peores que las riadas de coches que antes había, que al menos tenían el mérito de conferirle cierta sensación de movimiento a esos espacios, y generar alguna ráfaga de aire a su paso.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify">  <span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">Supongo que el principal material utilizado es el cemento. De eso me imagino que deben de estar hechas esas gigantescas baldosas, de color grisáceo sucio, bajo las que han ido sepultándolo todo para convertirlo en un cementerio viviente, adornado aquí y allá con patéticos palitroques vegetales embutidos en no menos patéticas macetas de plástico. Debajo de estos nuevos páramos de hormigón están los coches, por supuesto; kilómetros cuadrados de aparcamientos. Ése es el motivo por el que no pueden plantarse árboles en esas nuevas plazas duras, y en muchos casos se han arrancado los que existían: el subsuelo es una inmensa sima negra y cavernosa, igualmente revestida de hormigón armado, donde se amontonan, planta sobre megalítica planta, cientos y cientos de vehículos.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">O sea, que se han eliminado los coches, pero para meterlos bajo tierra. A eso en Inglaterra se le llama «esconder la basura debajo de la alfombra». El problema sigue ahí, aunque no se vea; como un putrefacto cáncer que le roe las entrañas a la urbe, y que para colmo, por <em>efecto colateral</em>, despuebla de árboles la superficie. Un ejemplo de esto último está en la parte alta de la calle Fuencarral, más arriba de Bilbao, donde se han llevado por delante un buen puñado de bien añejos árboles que obviamente entorpecían el acceso de los coches a la flamante nueva gruta subterránea creada en ese tramo de la vía.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"> <span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">Pero son muchas las cosas que poco a poco, inexorablemente, van cayendo. Los responsables, hay que admitirlo, no son siempre claramente identificables; este proceso de atropello y arrastre del pasado es la carrera loca habitual, normalmente conocida como Historia. Es el río que nos lleva. Estamos todos en él, aunque algunos nos empeñemos en nadar, en muchos sentidos, contra la corriente.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">Las megacarteleras de las que hablaba antes, con sus artísticas recreaciones de los actores y las actrices que protagonizaban los últimos estrenos, también han sucumbido. Esos impresionantes lienzos, de un ingenuo pero entrañable hiperrealismo castizo que hacía pensar en viñetas de tebeo de otra época, siguieron colgándose de las fachadas de los cines de Gran Vía hasta hace cuatro días, pero no dejaban de ser, de algún modo, un inexplicable anacronismo; una de esas cosas del viejo Madrid, que siempre que venía yo a la capital, hace años ya, me llamaban la atención. Últimamente, cada vez que bajaba por el centro, detenía en ellos la mirada, tras frotarme como un niño incrédulo los ojos, y me decía: «¡Siguen ahí! ¡Es un verdadero milagro!». Y era verdad: era como si los hados del tiempo se hubieran olvidado de ellas.</span> </h4>  <h4 style="text-align: center"><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">*</span> </h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">Mi más reciente paseo por Gran Vía coincidió con la visita de un viejo amigo de Murcia, que había venido a pasar un par de días en Madrid con su «compañera sentimental» del momento.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">Nos habíamos citado en el Zahara, una enorme cafetería de dos plantas que está muy cerca de la Casa del Libro, en la misma acera pero unos cuantos portales más abajo. Quedamos en la zona de fumadores; una siniestra y pestífera pecera situada en las entrañas del establecimiento, donde uno penetra con la sensación de estar metiéndose en una cámara de gas.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">Cuando llegaron traían mala cara. La mujer, a la que yo no conocía, se marchó al baño tan pronto como mi amigo me la presentó, mientras él y yo buscábamos una mesa en la que pudiéramos instalarnos con cierta comodidad.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"> <span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">Aunque estábamos en la sección de fumadores, no había ceniceros a la vista.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">—¿Qué pasa aquí? —clamó mi amigo—. ¿Sección de fumadores, y no hay ni cenicero?</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">—Será que hasta en esta zona quieren protegernos de nosotros mismos.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">—Ustedes tranquilos, caballeros —nos dijo el camarero—. Que eso en seguida está solucionado.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">«Gracias a Dios —me dije, pensando en inglés— por sus pequeñas misericordias». Se me había olvidado lo amables que cuando quieren y están mínimamente inspirados son los camareros de Madrid.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">—Pues acabamos de tener una pequeña bronca —continuó mi amigo, refiriéndose a sí mismo y a la doble—. Hace dos minutos; antes de salir del hotel. La verdad es que las cosas no van demasiado bien. Subimos, subimos, arrastrados hacia arriba por la euforia..., y luego viene el bajón. Arriba y abajo. Claro, que sólo llevamos un par de meses...</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">No dije nada. Estoy más que familiarizado con las tribulaciones sentimentales de la gente. Además, en estos casos es completamente inútil jugar a consejero. En ningún otro apartado de la vida se cumple de modo más inexorable que en el de los asuntos del corazón la implacable verdad de que el hombre no <em>está</em> solo, sino que <em>es</em> solo. No hay nada que hacer.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">La mujer, a todo esto, volvía ya del baño.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">—¿De qué estábamos hablando? —me susurró rápidamente mi amigo.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">Recogí su indirecta, y le contesté alzando la voz:</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">—O sea que habéis tenido buen viaje. ¿Qué tal el tren?</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">—Muy bien, muy bien. —Se volvió hacia su novia—. ¿No te parece, Cecilia? No se nos hizo tan largo, ¿verdad? ¿Qué fueron, cuatro horas y media?</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">—Unas cuatro y cuarto —dijo Cecilia, tomando asiento un poco envarada—. No, se viene bastante bien. Sólo que tú —añadió, arrugando el gesto ante el cigarrillo humeante de mi amigo— no pudiste fumar. Pero desde que llegamos te llevas desquitando, desde luego.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">Mal asunto, me dije. Lo supe inmediatamente; aquello estaba visto para sentencia. Que uno fume y el otro no es peor que tener que compartir el baño a la hora de hacer obra mayor.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">Yo durante nuestro encuentro me abstuve de fumar; más que nada porque no me apetecía. Pero me tomé dos cafés. A la hora de saldar la cuenta, dejé que el visitante hiciera los honores; la crisis ha abierto un buen boquete en mis bolsillos.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">Los dos euros con treinta de cada café me los hubieran terminado de arrancar de cuajo.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">—Es inaudito —dije—. Casi cuatrocientas pesetas por un café. Esto es que no se puede creer.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">—Pues a mí esta mañana —dijo Cecilia— me han cobrado cinco con sesenta por un <em>bombón</em> en el Café Gijón.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">—¡Cinco con sesenta! ¡Mil pesetas, casi! Es pura ciencia ficción. Pero lo peor no es eso; lo peor es que luego el café no se puede ni beber. Si te pusieran una cafetera llena, y estuviera bueno, y luego una bandeja de galletas..., pues casi se podría aceptar. Pero son enjuagaduras recalentadas. Un asco absoluto y total...</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">Cuando salimos del Zahara los fui acompañando un rato.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">Bajamos por Gran Vía entre remolinos de gentío sabatino, haciendo circunstanciales comentarios sobre el cierre del Palacio de la Música, cuya fachada se erguía verticalmente sepultada tras una muralla de andamios, y el maremágnum humano que anegaba la calle.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">Los dejé a la puerta del Coliséum, donde iban a ver una de las últimas funciones de <em>La bella y la bestia</em>.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">—Bueno, me fumo un cigarrito antes de entrar...</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">—¡Ay, ay, ay, con el fumeque!</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">A aquella relación le venía a pasar más o menos lo mismo que al viejo Madrid: que tenía los días contados. Sólo que lo de estos dos iba a ser mucho más fulgurante todavía. ¿Fulgurante? Tendrían que haber pedido que les devolvieran el dinero de las entradas en taquilla, porque no merecía la pena ni pasar por el paripé de entrar a ver la función.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">La cosa, como antes o después le ocurre a casi todo en esta vida, estaba vista para sentencia.</span><span style="font-family: Tahoma, Helvetica, Arial, sans-serif; font-weight: normal" class="Apple-style-span"> </span></h4>  <h4 style="text-align: justify"> </h4></div>]]></description>
            <pubDate>Sat, 14 Aug 2010 06:00:00 GMT</pubDate>
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            <title>La mirada del mundo</title>
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            <description><![CDATA[<h2><font class="Apple-style-span" color="#000000">La mirada del mundo</font></h2><div><h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">La ventana: descanso y paliativo...; pero al mismo tiempo, fatal atracción. A veces parece que te llama, invitándote a saltar.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">Hay muchas otras cosas, y objetos supuestamente inanimados, que también te hablan con un lenguaje de funestas pulsiones ocultas: los cuchillos; las tomas de corriente; esas palancas de las salidas de emergencia que misteriosamente se te ponen al alcance en el avión...</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">Y luego están las caras, los pechos, las espaldas, los traseros de hombres y mujeres, conminándote al súbito empujón o al compulsivo manoseo, o quizás algo peor (cuántas veces te asalta la loca tentación de perpetrar en plena calle alguna justiciera o festiva barbaridad).</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"><span style="white-space: pre" class="Apple-tab-span">	</span><span style="font-weight: normal" class="Apple-style-span">La mordaza del delirio reprimido te tortura a todas horas. Es tu castigo y tu condena: jirón de pura angustia mal disimulada, atrapado en la implacable mirada del mundo y su prisión.</span></h4>  <h4 style="text-align: justify"> </h4></div>]]></description>
            <pubDate>Sat, 07 Aug 2010 07:02:47 GMT</pubDate>
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