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Sábado, 31 de Julio de 2010 05:53
Ni cinco minutos1 Escuchando a los Burning una tarde de agosto en Madrid: «... dan las seis,/ sintonizo a los Stones.../ Recuerdos del pelo largo,/ viejos blues.../ Queridísimo Eric Burdon...». Mariposas de pavorosa intensidad de feeling me aletean en la boca del estómago, y el recuerdo de un reflejo químico mental que creía olvidado me pide una botella de cerveza, me pide velocidad, me pide bares y noches y copas y rayas y calle y tirar la casa por la ventana y morir. Y recuerdo a Sam Shepard: rocanrol, rocanrol, rocanrol, rocanrol... Ah, Dios mío, rock and roll. 2 La movilidad es la verdadera causa de todos nuestros males. La televisión, interné, los teléfonos portátiles (es decir: los móviles), la peste de abarrotamiento humano en todos los rincones del planeta, son movilidad. El que todo se sepa. El que estemos más pendientes del vecino, en todos los sentidos, que de nosotros mismos. El «¡Mira aquél!»; el «¿Por qué él puede, y yo no?»; el nefasto «¡Es injusto!». El que no nos dejemos mutuamente en paz ni cinco minutos. Todo, absolutamente todo, es culpa de la dichosa movilidad. Si no quieres angustiarte, no te muevas. Si no quieres gastar dinero, no te muevas. Si no quieres desgastar las articulaciones de tu psique, no te muevas. No te muevas, nunca, jamás. Siéntate ahí, en esa silla. Hazte un té, enciende un cigarrillo. Pon la mente en blanco. No verbalices; no hables ni contigo mismo. No te muevas. No te muevas. NO TE MUEVAS. 3 El centralismo es lo normal, lo lógico, lo biológicamente natural. Ejemplo supremo: el cuerpo humano. Tenemos un cerebro, situado en la cavidad intracraneal (aunque en muchas personas su ubicación, y aun su existencia, sean más que dudosas) que dirige todas las operaciones de nuestro organismo. ¿Se imaginan concederle la autodeterminación a nuestro pie izquierdo, brazo derecho, esfínter anal, vulva o pijo? La gente botando por las calles, presa del baile de San Vito. Cagándose encima, meándose pataspabajo, llorando a moco tendido. O dando voces por el culo. ¡Insuperable espectáculo! Es lo que estamos viendo. Está llegando ya; vamos de camino. Pongan la caja tonta. Compruébenlo ustedes mismos. 4 Tor mundos güeno y tos quien vivir cien años. ¿Cien años? Digo poco. ¿Por qué no ciento cincuenta, por qué no doscientos? ¡Estis el mejor mundo posible! ¡Y va a ponerse más chachi todavía! ¡Venga con esas vitaminas! ¡Un, dos, tres! ¡Parriba, pabajo, pal centro y PAAARA DEEENTRO! ¡Aaaaaaa-arrr!
Sábado, 24 de Julio de 2010 07:21
Los compromisos del corazón1 Me envían un cuestionario en el que me preguntan sobre el compromiso en la poesía española de los últimos años. No sé si el hecho de que me incluyan entre los destinatarios de la encuesta significa que me consideran un escritor «comprometido». En cualquier caso, respondo la verdad: no conozco la poesía española de los últimos años lo suficientemente bien como para poder contestar con rigor a la pregunta. Ésa es una forma educada de decirlo, por supuesto; lo cierto es que la poesía española de los últimos años apenas me interesa, y la he leído muy poco. Lo que sí he añadido, en mi respuesta, y hablando ya más en general, es que me parece que el arte tiene tres funciones fundamentales: proporcionar goce intelectual; hacer ver; y hacer pensar. Con eso creo que queda todo dicho. Lo que la pregunta pretendía averiguar queda implícito en mi contestación. Llevo años diciéndolo, además: el único compromiso que me parece válido, y relevante, es el que el propio escritor establece consigo mismo y su conciencia. La misión del escritor es hurgar en la condición humana, con el fin último de arrojar luz; su obligación principal, hacer bien lo que hace. ¿Era Bertolt Brecht un buen poeta político? No. Era un buen poeta, sencillamente. Todo lo demás, en el caso de Brecht como en el de cualquier otro, viene luego añadido. 2 Entre artistas hay poses para todos los gustos. Está la de los que se consideran más guapos, listos e ingeniosos que nadie; la de quienes se creen más serios y profundos que nadie; la de quienes presumen de ser simples y honrados trabajadores, hombres corrientes de la calle; la de quienes se ufanan de su postura rebelde y de su «radical» inconformismo, de su supuesta insobornable honestidad... Y yo diría que todas esas poses son igualmente ridículas y absurdas. El artista puede ser, como persona, lo que le dé la gana; la careta que adopte en la vida, para justificar ante la mirada del otro su existencia, en el fondo carece por completo de importancia, y se desprende en cualquier caso por sí misma en el momento en que el artista acomete, solo ante el espejo de sí mismo, su tarea, porque él es el único espectador a quien nunca podrá engañar. El artista es un cazador de epifanías; un viajero que regresa una y otra vez desde el otro lado de la vida con sus pequeños o grandes hallazgos, sus revelaciones, sus alumbramientos. Y al final trabaja siempre solo, consigo mismo, al amparo del silencio y de las sombras. Atento a los sonidos del mundo. Atento a los latidos de su propio corazón.
Sábado, 17 de Julio de 2010 09:01
Maneras de orientar la cámara Toma uno.– Un filósofo dijo que la muerte es la imposibilidad de toda posibilidad. Yo no quiero morirme porque quiero seguir siendo posible. Hay tantos cafés que tomarse, tantos cigarrillos que fumarse, tantos libros que leer, tanto que pensar... Tanto que escribir. Esto podría seguir para siempre. Algo así como el eterno retorno nietzscheano, pero sin haberse marchado nunca. Necesitamos una eternidad para comprender la agridulce paradoja de esta vida. Lo que yo quisiera sería esa eternidad. Toma dos.– Media mañana o media tarde, o tarde deslizándose hacia noche. La luz ha de ser suave. Una ventana debe estar ligeramente abierta. Tintes, en el aire, de nítido gris o cremoso pardo rojizo, o verde o azul virando a púrpura. Árboles, si es posible, en el paisaje. Sonidos en sordina en la distancia. Indispensable cierto grado de humedad ambiental. Líese el tabaco más bien suelto, en papel de arroz de grosor medio, añadiendo filtro fino. El trabajo, de momento, terminado; un alto en el camino. Taza de té humeando en el alféizar. ¿Sabéis cómo se llama? Pura dicha.
Sábado, 10 de Julio de 2010 06:04
Naranjas de la China [Agosto de 2009] Son las seis de la mañana y el termómetro de mi estudio marca treinta grados. No ha amanecido todavía, pero se adivina claramente el cielo encapotado. Hace un bochorno asfixiante. Quizá llueva hoy, y afloje un poquito este calor. Yo es la esperanza que tengo. A mí el calor en sí mismo no me molesta demasiado. Lo llevo bien. Mi problema es que la piel se me pone al rojo vivo; unos picores por todo el cuerpo que acabo rascándome hasta hacerme sangre. Parezco un yonqui, o un simio atacado por la sarna. He probado todos los remedios habidos y por haber, y no hay nada que funcione. La colección de cremas y potingues que a lo largo de los años me han ido prescribiendo diversos dermatólogos se acumula en el baño como la parafernalia cosmética de una cortesana de lujo. Lo único que me alivia un poco, y muy a corto plazo, es la crema con urea; pero la urea tiene el inconveniente de que hueles luego a meados que echas para atrás. Este problema de hipersequedad cutánea, que técnicamente se llama xerosis, sólo se me presenta en Madrid. Afortunadamente sólo se me agudiza en los meses de más calor, pero en julio y en agosto tengo que aguantarme para no acabar desollándome vivo con las uñas. Si me acosara todo el año con la misma intensidad está claro que no podría vivir aquí. Bueno, no hay más remedio que hacer de tripas corazón, y pensar por ejemplo en Siberia. Una relectura de Shalamov, estos días, quizá viniera bastante bien; el infierno helado de los campos de prisioneros estalinistas le quitaría sin duda al numen las ganas de quejarse del calor. La temperatura, tarde o temprano, tendrá que descender un poco; con que bajara tres o cuatro grados creo que a mí ya me bastaría. Esto es como esperar un orgasmo que no llega; o como presentir que vas a vomitar, y a sentirte por fin mejor, y sin embargo ir corriendo una y otra vez al baño sin que se produzca el ansiado desatasco. Puedes meterte los dedos y arrojar a la fuerza, pero eso a la meteorología como es obvio no se le puede aplicar. Ni a los muchos venenos de la vida. Esperar. Sólo nos queda esperar. La historia, al fin y al cabo, es siempre la misma. * Nueve y cuarto de la mañana. Ahora acaba de empezar el del taladro de percusión de la obra de enfrente de mi casa, que lleva martirizándonos con regularidad marcial desde comienzos del verano. Pero ¿es que en las obras no cogen nunca vacaciones? Evidentemente no. Bueno; el macaco del taladro parece ecuatoriano; no creo que esté en condiciones de tomarse vacaciones, porque debe de estar más tieso todavía que yo. Sólo que él con su taladro me puede joder vivo a mí, mientras que yo a él con mi teclado poco le puedo hacer. Es la inexorable ley universal de las compensaciones. En cuanto al tiempo, por cierto, el cielo se ha despejado, y el sol empieza a castigarnos con inclemente rigor. Treinta y un grados en mi estudio, y subiendo. Otro día en que voy a amortizar los cincuenta euros que me costó el ventilador (un cacharro me temo que hecho en China, pero de diseño clásico muy bonito, de grandes aspas plateadas y rejilla del mismo color, que arroja un aire que francamente es una delicia). Hay que reírse, supongo; y eso es precisamente lo que estoy haciendo yo, aquí solo en mi refugio, mientras me tomo un respiro y dejo por un momento de rascarme, para echarle un sorbo al cuarto tazón de té del día y liarme un delicioso y terapéutico cigarrillo de picadura fina con Rizla White. * Son las dos de la tarde y todavía sigo aquí (estoy trabajando en diversas traducciones alimenticias). Al del taladro de percusión, que sin duda se ha ido a comer, le acaban de tomar el relevo dos imbéciles armados con una motosierra de podar y una macrocortadora de césped (una especie de descomunal bicho mecánico con ruedas, que corta césped, pero cualquier otra cosa que se le ponga por delante también). Están justamente debajo de mi ventana, emprendiéndola con todo aquello que contenga la más mínima traza de clorofila. Ellos no saben nada de clorofila, por supuesto, ni me imagino que de ninguna otra cosa que no sea la fecha en que vuelve a empezar la liga de fútbol, por ejemplo. Tampoco saben que aquí arriba estoy yo, con la ventana abierta, intentando trabajar. Probablemente desconozcan el hecho mismo de que haya nadie que trabaje en casa; de que en casa sea posible siquiera trabajar. Para ellos su casa debe de ser algún infecto agujero periférico donde van a dormir y a que la parienta les eche de vez en cuando de comer. La ironía al final es curiosísima: el desconocimiento por parte de esos dos tipos de la posibilidad del trabajo autónomo doméstico coincide de una manera perversamente paradójica con la realidad: las circunstancias ambientales habituales, sobre todo en este país aunque ni mucho menos solamente en él, hacen que efectivamente sea casi imposible trabajar en casa y conservar en estado de mínimo equilibrio la salud mental. Pero el que yo no pueda trabajar, ni escribir, ni leer, ni pensar siquiera, y nadie más que en este edificio tenga dos dedos de sensibilidad auditiva pueda echar un polvo, comer tranquilo o dormir una siestecita, aun siendo grave, no es ni mucho menos lo más grave de todo. Lo más grave de todo es el total y absoluto desconocimiento que esos dos neandertales de ahí abajo, y las empresas que los contratan, tienen de cualquier noción de biología, o de lo que es la propia vida. Las plantas que esos dos individuos se están llevando alegremente por delante no son entidades aisladas que flotan en el vacío sideral; son componentes clave de un conjunto que incluye muchísimos más seres vivos, y hasta objetos inanimados, y que nos incluye por supuesto a nosotros. Ese seto, esos arbustos, esos árboles, esa hierba, esas flores, están en sutilísima y compleja relación de convivencia con todos los demás elementos y organismos de lo que se llama un ecosistema: pájaros, pequeños mamíferos, insectos, el aire, la tierra, el agua, las nubes, y todo lo demás que respira y palpita en la creación. No son meros ornamentos salidos de una fábrica; cumplen un cometido que está inextricablemente vinculado con todo el resto del universo. Ahora estamos a finales de agosto, y la época en que las aves anidan va terminando, pero las podas y los arreglos llevan en marcha todo el verano, y últimamente se ha puesto de moda hacerlos los trescientos sesenta y cinco días del año, llueva, nieve o haga sol, porque las «labores de mantenimiento» se han convertido en una industria sumamente lucrativa. Pero ¿qué pájaro es capaz de anidar con una motosierra metida debajo del trasero? ¿Qué ser vivo que no sea el humano no sale corriendo en despavorida y atropellada huida ante semejante proceso de ensordecedor acoso y derribo permanente? Díselo tú a uno de estos descerebrados, o a los retrasados mentales que los contratan; incluidos en este caso los administradores del edificio en el que vivo, que son los responsables de la «operación de adecentamiento y limpieza» a que me estoy refiriendo ahora. Ah, bueno. No gano para broncas. Esta primavera tuve una, a voz en pelado grito, con los encargados de la obra del bloque de enfrente, que ya para entonces había comenzado, con una brutal operación de poda y desbroce en pleno mes de mayo, y cuya puesta en marcha estuvo a punto estuvo de saldarse con un muerto (que tal vez hubiera sido yo, porque mi interlocutor, como no podía ser de otra manera, esgrimía una motosierra entre las manos). Son como puñeteros niños con juguetes nuevos. Toda esta espantosa chatarra mecánica la consiguen tirada de precio, y está claro que nos la enjaretan desde China. ¿Quién se va a dejar los brazos en la pista manejando una podadora manual cuando puede andar haciendo el indio con estos juguetitos? Los ayuntamientos los están comprando a miles; deben de encargar contenedores transoceánicos llenos. Y hasta los porteros de los más humildes bloques de vecinos disponen de su propio cacharrito, para recortar los geranios, y de paso rasurarse los pelos del culo cuando no tienen nada mejor que hacer. Los chinos nos están haciendo polvo. Hace unos años ya nos colaron partidas enteras de esas micromotos de juguete, que metían un ruido que temblaba el misterio, con las que todo gamberro que se preciara andaba haciendo el gilipollas por cualquier superficie llana que encontrara, y que no sé si se prohibirían, o pasarían de moda, porque por suerte han desaparecido. El principal problema es que todos estos artilugios son inverosímilmente baratos, y han inundado como un tsunami de quincallería el mercado. Yo mismo soy culpable de comprar algunos de ellos: el ventilador del que hablaba más arriba es de fabricación china. Pero es que no había un ventilador en toda la tienda que no estuviera fabricado allí. ¿Qué vas a hacer? Yo intento, siempre que puedo, no comprar chino; pero muy pronto va a ser una pura imposibilidad, aun a precio de oro, porque hasta los garbanzos nos los mandarán de China. Al margen de que hace ya tiempo que los fabricantes han dejado de poner el lugar de origen en estos artículos, que aunque te estén diciendo «chino» a voces no lo llevan escrito por ninguna parte, no vaya a ser que decida «tener cuidado el comprador». «¡Estás exagerando! —se me dirá—. Y además —se añadirá—, en cuanto a esos jardineros, se limitan a hacer su trabajo; no son al fin y al cabo más que curritos. ¡Lo que estás haciendo es matar al mensajero! ¡Quéjate al alcalde, o al de Medio Ambiente!» Bueno, quien haya leído otras entradas de esta bitácora sabrá que eso ya lo he hecho, en repetidas ocasiones; y sabrá en qué quedaron mis esfuerzos. Y de todos modos, mensajero o no mensajero, si de lo que se trata es de tener durante dos minutos la fiesta en paz, y de paso poder ganarme el sustento yo también, yo les cortaría la cabeza a esos dos idiotas, con su propia motosierra, pero a la voz de «¡YA!». Y al macaquito del taladro inmediatamente después. (Del alcalde y del de Medio Ambiente ya me ocuparía en una segunda fase, mucho más cuidadosamente planeada, previa jugosa sesión de tortura acústica.) ¿Os acordáis de Jack Nicholson en El resplandor? Ríete tú del majara aquel. El ruido va a acabar haciendo de mí un psicópata en activo (en pasivo ya lo soy). Y luego dirán: «No, si a éste ya se le veía venir. Estos puñeteros guiris siempre estuvieron flojos de la chola». Y por una vez tendrán razón.
Sábado, 03 de Julio de 2010 11:53
Parpadeo Tengo necesidad de escribir. Pero no sé muy bien qué. Estoy aquí, en mi estudio —la casa vacía—, con el perro en el regazo, mirando por la ventana. En el parque cantan pájaros. Junto a la mesa zumba suavemente el ventilador. Y me acuerdo, de repente, de este poema de Gabriel Ferrater (que recorto y pego de internet, porque no encuentro el libro —Mujeres y días— al que pertenece): OCIO Ella duerme. Es la hora en que los hombres ya despertaron, y una escasa luz entra todavía a herirlos. Con muy poco nos basta. Solamente el sentimiento de dos cosas: la tierra gira y las mujeres duermen. Reconciliados, nos apresuramos hacia el fin del mundo. No nos es preciso hacer nada para ayudarle. La versión al castellano, del original catalán, es de José Agustín Goytisolo. Es un poema conocido. El fin del mundo... La vida es un parpadeo, que dijo otro poeta. Abre los ojos. Y ciérralos.
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El Hombre Solitario

Retrato del autor: Amédée El Hombre Solitario es el daimon de Roger Wolfe. La relación entre Roger Wolfe y el Hombre Solitario, y entre esos dos personajes y el resto del mundo, se resume bastante bien en la siguiente canción de Leonard Cohen, especialmente traducida y adaptada por Solitario & Wolfe para la ocasión:
Te vi esta mañana pasar a toda prisa. Del pasado, a veces, es difícil apartar la vista. Y no sabes cómo te echo todavía en falta. Aquí no hay nadie, desde luego; pero tú y yo aún nos amamos en mi vida secreta. Sonrío si me enfado, y hago trampa, y miento; hago lo que debo para ir apañando los días. Pero sé lo que está mal, y sé lo que está bien; y por la verdad moriría en mi vida secreta.
Espera, espera, hermano; espera, hermana, espera; mis órdenes, por fin, ya llegan. Marcharé por la mañana y marcharé toda la noche; cruzaré las fronteras de mi vida secreta. Le eché un vistazo a la prensa y casi me deshago en lágrimas. A nadie en el mundo le importa quién viva y quién muera. Y el que da las cartas lo que quiere es que sólo veas el negro y sólo veas el blanco. A Dios gracias no es así de fácil en mi vida secreta. Me muerdo el labio y hago como que compro: desde el último éxito hasta la sabiduría de los viejos. Pero siempre estoy solo, y mi corazón es puro hielo; y me dejo curtir por el frío en mi vida secreta.
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