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Afuera canta un mirlo, nuevo libro de poemas de Roger Wolfe.

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Sábado, 06 de Febrero de 2010 07:43

Continuidad de los parques (I) 

  (Julio de 2008)

El parque del Norte, al lado de mi casa, está poblado de nutridas bandadas de cotorras. He desempolvado últimamente mis conocimientos ornitológicos, para ver si era capaz de identificar con cierta exactitud estas extrañas aves, pero no recuerdo haber visto cosa semejante en estas latitudes.

La única cotorra que podría dejarse caer ocasionalmente por aquí, según un nuevo manual de pájaros que adquirí recientemente, sería la que llaman de Kramer; pero ésa no parece corresponderse al cien por cien con la especie que invade los alrededores, y que tengo observada en los parques de Madrid desde hace algunos años.

Se trata de unos pájaros del tamaño de loros pequeños, de color casi enteramente verde, que exhiben en dos tonalidades: una más clara, correspondiente a la parte principal del cuerpo y al vientre, y otra más oscura, que se reparte por su cuello y su cabeza.

La cotorra de Kramer, según el manual, tiene una mancha roja en la nuca, el pico también rojo, y la cola larga, y ninguno de estos tres rasgos coincide con los de las aves mencionadas, que campan a sus anchas, en enormes y estridentes bandadas de individuos que graznan sin descanso, por casi todas las zonas arboladas de la capital.

La primera vez que observé este curioso fenómeno de exotismo aviar fue en un parque de los alrededores de la UNED, por la zona de la Ciudad Universitaria. Debió de ser hace unos seis años; allá por 2002.

Habíamos estado trabajando, una colega y yo, en un congreso celebrado en la Universidad a Distancia, y durante la hora de la comida salimos a dar un paseo por los grandes y hermosos jardines abiertos, de estilo inglés, que rodean el lugar. Hay uno especialmente atractivo, que se extiende por debajo de un viaducto, a la salida del edificio principal de la Universidad, y desciende en suave pendiente durante un buen tramo, bajo una tupida capa vegetal. Tiene si mal no recuerdo una vereda bordeada de castaños de Indias o de plátanos, pavimentada con grandes piedras alisadas por el tiempo, por la que se puede caminar un largo trecho.

—Eso que se oye son loros, ¿no? —le pregunté a mi colega, alzando una oreja hacia las copas de los árboles, desde las que descendía sobre nosotros un envolvente cacareo de graznidos de baja intensidad.

—Sí. Bueno, son love-birds. —Estábamos hablando en inglés; love-birds son literalmente «pájaros del amor»—. Una especie de periquitos, pero en grande. Están en todas partes.

—Serán cotorras, entonces. Pero ¿cómo es posible semejante invasión? Estos pájaros no son naturales de aquí.

—Sí, es muy curioso. En Estados Unidos los tenemos también. Casi se han convertido en una plaga; en muchos sitios están teniendo que eliminarlos, porque se han adueñado de parajes enteros. Construyen unos nidos enormes, que parecen grandes sombreros, o capazos, y las ramas de los árboles se doblan bajo su peso.

—No me había fijado hasta hoy. Y eso que yo soy aficionado desde hace años a los pájaros... Pero ¿cómo se habrán propagado? Seguramente todo empezaría con alguna que otra pareja que se escapó de alguna casa o de una tienda, y que consiguió reproducirse aquí...

—O con algún lote que consiguió escaparse cuando los importaron.

—Pero es un problema grave. Habría, por el bien del ecosistema, que poner en marcha algún plan de exterminación selectiva. Eso se ha hecho, en las ciudades, hasta con las palomas. Porque el problema es que pueden acabar haciéndose con todo, y echar fuera especies autóctonas más delicadas, y menos agresivas, que por otra parte ya tienen bastantes dificultades para sobrevivir...

—Bueno, tampoco creo que hagan tanto daño. El ruido, y el posible «factor molestia». ¡Pero tú siempre tan radical! ¡Ya estás hablando de exterminios otra vez!

—¿No decías que en Estados Unidos, en muchos sitios, han tenido que tomar medidas?

—¡Allí toman siempre medidas para todo!

—Eso, desde luego, no te lo puedo negar...

Bueno, yo hablaba desde un punto de vista digamos que estrictamente científico. No puede haber más fervoroso conservacionista que yo; el niño que un día soñó con ser naturalista (y que acabó aquí, escribiendo historias sobre Madrid...).

La cuestión no me parece que sea baladí. La presencia de las cotorras, en todos los hábitats de la capital, es poco menos que masiva. Hasta los más despistados paseantes, que además no sabrían distinguir una urraca de un gorrión, han empezado a darse cuenta; yo he oído, en el parque del Norte, los comentarios de la gente al pasar: «Pero ¿has visto eso? ¡Si son loros!»; «Es verdad, es verdad...».

Y eso que no son siempre fáciles de ver. Cuando están en los árboles sobre todo; porque se congregan en las copas más altas, entre las frondas de follaje, como si quisieran esconderse. A menudo salen volando de repente en tromba, en grandes bandadas, persiguiéndose unas a otras en un revoloteo alborotado que puebla el cielo de graznidos. Otras veces toman tierra en amplios grupos, y andan, siempre a la greña entre sí, picoteando entre la hierba como gallinas hiperactivas en busca de alimento.

El fenómeno resulta especialmente inquietante por su parecido con lo que está ocurriendo en el medio humano; es como la inmigración, pero extrapolada al reino animal.

De la misma manera en que calles y plazas, establecimientos comerciales y edificios públicos, medios de transporte y hospitales se han poblado de una avalancha de homínidos procedentes de los más remotos rincones de la tierra, la silenciosa y no tan silenciosa invasión reptante se produce ahora en el medio natural. Y en el medio natural pasa algo semejante a lo que ocurre en el humano: la intrusión de nuevas especies (o razas), ajenas al ecosistema, lo pone todo patas arriba, y puede desembocar en un verdadero cataclismo.

En la naturaleza es mucho peor, por supuesto; a ella no le hables de correcciones o incorrecciones políticas. O bien el potencial invasor es incapaz de adaptarse, y perece, o pasa todo lo contrario: que medra desaforadamente y toma por asalto hasta el último resquicio, sembrando el caos y la destrucción y provocando, en muchos casos, la desaparición de milenarias variedades autóctonas de vida.

Los ejemplos, desde luego, son múltiples: desde los cangrejos de río temerariamente trasplantados de Norteamérica hasta las ardillas grises que pusieron en jaque, fuga y retroceso, en diferentes regiones europeas, a las ardillas rojas locales.

En cuanto a la flora, los efectos de la irresponsable introducción de todo tipo de especies foráneas han sido más devastadores si cabe. Pero a veces, como digo —y ése es obviamente el caso en lo que se refiere a las cotorras—, no se trata de operaciones premeditadas de introducción, sino de fenómenos relacionados con lo que podríamos llamar la globalización del caos ecológico planetario.

Ensayos enteros se podrían escribir sobre el asunto.

Lo triste es que probablemente ya no quede tiempo; ni para ensayos, literarios o no, ni para acometidas. Hace casi cien años que la arena se nos agota de forma alarmante en el reloj. El origen del problema tal vez habría que buscarlo en el segundo decenio del siglo que murió hace poco: la carcoma del deterioro universal, y de la irreversible devastación natural a gran escala, entró en fase de frenesí reproductivo al final de la primera guerra mundial, que fue el suceso que mudó, física y moralmente, la faz del mundo para siempre.

Puede que seguir poniendo parches sea posible todavía. Pero lo mejor quizá sería que se produjera de una buena vez el reventón, y empezar de nuevo desde cero.

  

 

Sábado, 30 de Enero de 2010 08:27

Querida Febe

He recordado que un amigo me pasó hace tiempo un libro de relatos de Camaño. Este amigo está haciendo un sesudo estudio sobre Alberto Camaño, cuya obra le parece original e importante. 

Los relatos no me convencieron. El libro no lo pude terminar. No sé si estaré hablando sin suficiente conocimiento de causa, pero como lobo que soy tengo muy buen olfato, y me da que con Camaño podemos estar ante un caso de mitificación post mortem en el que la talla del muerto excede ampliamente la talla del vivo. Quiero decir que si Camaño no hubiera fallecido relativamente joven, y no hubiera llevado la desarreglada y por lo visto bastante desesperada vida que llevó, no sé si se estaría hablando tanto de él. Lo que está claro es que sus editores, desde luego, están haciendo un buen negocio con el finado.

En todos los países se da el fenómeno, pero en España se suele llevar hasta el delirio: se pone alguien de moda, y de pronto lo tienes hasta en la sopa. Y cinco minutos antes no lo conocían ni en su casa a las horas de comer. Si el sujeto en cuestión está muerto, y las pasó canutas en vida, mejor que mejor; los muertos no tienen derecho a réplica, no constituyen ya una amenaza para nadie, y si llevaron vidas atribuladas y truculentas cotizan muy alto en la bolsa del morbo cultural.

Me temo que la moda, como la imagen (¿y qué es la moda si no es imagen?) se lo ha comido todo. En cualquier caso, es posible que le conceda a Camaño una segunda oportunidad, porque a veces uno sufre cegueras transitorias, y como te dije en mi carta anterior, tanta insistencia con este hombre quizá merezca un pequeño esfuerzo más.

He mirado las fotos de los álbumes virtuales cuyos enlaces me has mandado. Tengo que decir que la del Lobo en Barcelona me ha gustado muchísimo, y que no me importaría nada que me la enviaras, si te apetece hacerlo, para guardarla en mis archivos.

Lo que me dices de los tatuajes me produce sentimientos encontrados. Te comentaba en mi anterior correo que un tatuaje bien puesto, donde tiene que estar, puede resultar sumamente sugerente y atractivo. Pero me refería a tatuajes discretísimos, del tipo que casi se podría considerar «hiperlunar» (o sea: lunar grande. Y por cierto que los lunares en inglés se llaman a veces beauty spots. Uno de los más famosos de la historia era, por supuesto, el de Marilyn Monroe). Ahora bien: para mi gusto tienen que ser discretísimos, y muy escasos; uno o dos, como mucho, en «puntos calientes» de la anatomía del anfitrión, que además debería presentar unas determinadas características, porque los tatuajes, como las joyas, como el maquillaje, como el pelo largo o el pelo corto, no a todos los cuerpos les sientan bien.

En mi opinión los tatuajes son más bien para gente de piel morena y robusta, de elástica y fibrosa musculatura, y de hermosura feroz y un poco hostil. A los que somos muy blancos, y de belleza más introspectiva y complicada (quiere decirse, tal vez, más «apolínea»), no nos van. A los ingleses, por ejemplo, que históricamente han insistido bastante en tatuarse, siempre me ha parecido que no les pegan ni con cola. Los tatuajes, en una palabra, son para cuerpos dionisíacos; los cuerpos apolíneos harían mejor en no empeñarse en lucirlos.

Los aficionados a decorarse la piel esgrimen todo tipo de argumentos para justificar su afición, que racionalizan echando mano de la antropología y hasta de la filosofía o la religión. Pero a mí en el fondo la costumbre no me convence en absoluto; salvo en las especiales y muy discretas excepciones mencionadas, me parece fundamentalmente una agresión contra el propio cuerpo, que en muchos casos es obscena y raya, de hecho, en la patología.

Con lo cual no pretendo asustarte, ni mucho menos. Pero sí advertirte, desde la humilde altura de mis años...

Y con esto, Febe, creo que de momento he terminado. Sólo me queda saldar la deuda de mi promesa de hace días, y remitirte a continuación el texto del poema aquel del que te hablé. Resulta que no se titula «Uñas», como te había dicho, sino «Algas»; pero habla de uñas, y eran esas uñas las que a mí se me habían quedado clavadas en la memoria. ¡Soy hombre de uñas y de dientes! ¡Ya ves!

  

ALGAS

 

Tenía las uñas pintadas del color

del mar cuando se avecina una borrasca.

Iba leyendo un libro.

Su pelo

se balanceaba

hacia delante

y hacia atrás

con los vaivenes del vagón del metro.

Alzó los ojos un momento

y vi que hacían juego con sus uñas.

Esos ojos.

Esas uñas.

No había visto nunca

nada parecido.

Y ella,

es evidente,

lo sabía:

me miró,

se las miró,

se sopló en ellas,

me clavó los ojos otra vez

y se desprendió

de una sonrisa.

Luego

ya no estaba.

Cuando el tren volvió a arrancar

bajé la vista:

mis pies

chapoteaban entre algas.

  

   

Sábado, 23 de Enero de 2010 08:29

El yo y lo suyo

No creo que haya mucha gente que reivindique abiertamente el egoísmo, la actuación por interés, y el intercambio humano basado en la pura y dura utilidad mercantil de las personas y las cosas.

Nadie que esté socialmente hablando en su sano juicio defendería tampoco, de forma expresa y declarada, el fingimiento y la hipocresía.

Sin embargo, no hay acción humana que no parta del egoísmo, puesto que el ego es la única realidad subjetiva que forzosamente pueda nadie conocer, y en cuanto a la hipocresía, la practicamos absolutamente todos, desde que nos levantamos de la cama y le damos a nuestro cónyuge los buenos días, o saludamos a la vecina en el rellano, con una sonrisa y unas palabras de cortesía, cuando en el fondo quizá lo que muchas veces nos exija el cuerpo sea quitarnos de delante al primero de un sopapo y mandar a freír puñetas a la insoportable chismosa de la segunda.

El problema más grande que tenemos, que para mí es casi el quid de todos los problemas de la especie humana, es que estamos viviendo lo que en otro orden de cosas viven muchos de esos nacionalistas que residen en una especie de imaginaria Jauja hecha a la medida de sus delirios: un estado de conciencia que yo llamo la fantasía esquizofrénica.

Hay ciertos sacrosantos valores universales tenidos por válidos en los cuatro puntos cardinales del orbe desde que la humanidad adquirió uso de razón. Dos de los más extendidos quizá sean la sinceridad y el reconocimiento de que los bienes materiales se sitúan necesariamente por debajo de los morales, bien sea en el sentido religioso o secular de esa expresión.

Los cristianos hablan de amar a los demás como se supone que nos amamos a nosotros mismos; los progresistas de todo pelaje, primos hermanos bastardos de los primeros, se llenan la boca de paz y armonía universal. Y tanto unos como otros resaltan por encima de todo el supremo valor de la sinceridad.

Pero los cristianos quieren ganarse el cielo, uno a uno y a título individual; que te lo ganes o te lo dejes de ganar tú es cosa tuya. Y los progresistas lo que desean es tener limpia la conciencia, y tener además la fiesta en paz; poder disfrutar de sus coches, su agua corriente, su calefacción central y sus tres comidas diarias con el convencimiento de haber hecho todo lo posible por sus semejantes más desafortunados, y sin sentir un exceso de culpabilidad («ande yo caliente —parecen decir—, que ya he hecho lo mío por que anden también calientes los demás»).

Es todo mentira, y lo sabemos todos. Es el secreto a voces de nuestro «ser en el mundo»: un permanente ejercicio de nadar y guardar la ropa. Lo importante es mantener en marcha la comedia. Y no pensárselo demasiado, no vaya a ser que se nos vengan abajo los esquemas.

De lo que habría que darse cuenta es de que no hay esquemas que puedan venirse abajo. Es decir: el egoísmo, el moverse por interés, el pensar en uno mismo, el darles a los bienes materiales la importancia que merecen en un mundo material, es absolutamente lógico y normal. Tú me das, y yo te doy; así es en la naturaleza y así es en la sociedad, y lo seguirá siendo hasta el día del Juicio Final. ¿Qué ocurre, pues? ¿Acaso hay algo malo en ello? ¿Acaso puede ser de otra manera? ¡Está perfectamente bien! Siempre y cuando, por supuesto, saquemos tajada todos; y la mejor manera de garantizar el máximo provecho para todas las partes implicadas en el proceso es, precisamente, reconocer la interesada naturaleza mercantil de toda interacción entre seres vivos, y aceptar sin complejos y de una buena vez el juego.

¿Qué es la vida? «Tú me das, y yo te doy.» Mientras se cumplieran generosamente ambas cláusulas de la premisa, sobre la base de unas reglas transparentes acatadas noblemente por todos los involucrados, la armonía estaría garantizada. Sin esques ni peros ni porqués. Sin milongas de que si el abuelo fuma, o de que si yo soy más o soy menos que tú, o de que si fulanito o menganita son unos jetas o unos canallas redomados.

En lo más hondo, a pesar de nuestras afortunadas y benditas diferencias, todos somos iguales, o mejor dicho estamos en la misma situación: al margen de la posible existencia de dimensiones paralelas, que yo sepa aquí hay un solo barco, y todos, sin excepción, navegamos en él, desde el momento en que venimos a este mundo y hasta que nos llega el día de marcharnos.

«Toda relación entre seres humanos lo es de utilidad y de uso.» Así es, efectivamente; así, exactamente, es.

Max Stirner, en su obra «El yo y lo suyo», lo vio clarísimo, y aunque luego la historia lo haya borrado de un plumazo, como suele hacer con todos los que insisten tercamente en señalar la proverbial desnudez del rey, contemporáneos suyos como Engels, y con toda probabilidad el mismísimo Friedrich Nietzsche, se quedaron deslumbrados con él, y tomaron buena nota de sus enseñanzas.

En el caso de Engels, sin embargo, papá Marx se encargó en seguida de ponerle los puntos sobre las íes a su esforzado colaborador, advirtiéndole que se quitara por la vía rápida de la cabeza cualquier ilusión que pudiera haberse hecho con respecto a Stirner.

Engels entró raudamente en razón, y los padres fundadores del comunismo le dedicaron luego al pobre Maxie una furibunda y vitriólica diatriba de nada menos que trescientas páginas de extensión, en la que fustigaban a Stirner sin piedad, con argumentos tan «rigurosos» como el de acusarlo de ser, por ejemplo, un descerebrado paleto provinciano con una empanada mental de lecturas filosóficas mal digeridas. (La explicación de por qué Marx y Engels consideraron necesario llenar trescientas páginas para descalificar a quien según ellos mismos no era otra cosa que un alfeñique intelectual desbordaría los límites del presente texto, pero hemos de suponer que resulta obvia.)

Hace muchos años recuerdo que una bella dama respondió a mis requiebros amorosos con un comentario que después he vuelto a oír más de una vez en boca de similares beldades aparentemente refractarias a los goces de la sensualidad libre de peajes: «Me sentiría como un pedazo de carne».

¡No me digas! ¿Y cómo quieres sentirte, ricura? ¿Como un pedazo de éter? Sería realmente una pena, porque no podríamos disfrutar del glorioso espectáculo de tu hermosura. Todos, querida mía, somos pedazos de carne. ¡Deberías alegrarte de lucir ese envidiable palmito que el buen Creador te ha regalado! Y dar y tomar y procurar gozo y gozar. Con auténtica, esta vez sí, sinceridad. El sepulcro es un lugar oscuro y solitario; y si hay algo de lo que podemos estar seguros es de que los gusanos desconocen los pruritos conciencia. 

 

   

Sábado, 16 de Enero de 2010 12:14

Temor y temblor 

He estado mirando blogs de gente joven. Y digo muy joven: de entre dieciocho y veintitantos años. La chiquillería de la net generation.

Me ha pasado una cosa un poco rara: he sentido algo parecido al miedo.

No sé si estos mocosos están jugando o van en serio. Bueno, en serio no pueden ir, aunque ellos así lo crean; a esas edades no se suele saber ni lo que se dice ni lo que se hace.

Lo que da canguelo, y esa chirriante grima que produce la vergüenza ajena, es que se trata de un no saber ni lo que se dice ni lo que se hace, pero en público, y con un inaudito despliegue de sofisticada parafernalia gráfica. A todo color, y a la vista de millones.

Es una especie de premeditado cretinismo exhibicionista, altamente tecnificado. La tecnología se alía con la más irresponsable y descerebrada desfachatez, y el resultado es una bomba muy peligrosa.

Muchos de estos niñatos (y niñatas; hay ninfulillas a decenas) afirman ser artistas y poetas.

Las niñatas, que de hecho son mayoría, explotan con flagrante descaro su palmito, a pesar de que luego se descuelguen con discursos neofeminazis de victimismo militante y violentísimo (proponiendo lindezas como la de pegarles a los hombres el sida, o cortarles los cataplines, por ejemplo).

He hablado de miedo, más arriba. Creo que huelga decir que no es que ellos, y sobre todo ellas, den miedo; lo que causa pavor es constatar hasta qué extremos puede llegar, en su insolente atrevimiento, la ignorancia. Estas hordas juveniles cibernéticas, que probablemente hayan gozado de más lujos, comodidades y privilegios que ninguna otra generación de la historia, creen estar descubriendo América con sus bochornosas comedias pseudotransgresoras.

Se le viene a uno a la cabeza ese poema de Pasolini, en el que a propósito de los sucesos de Mayo del 68 el gran Pierpa señalaba la cruel ironía de que fueran los miembros de las verdaderas clases oprimidas (es decir, los policías; semianalfabetos hijos del campo y del más humilde proletariado urbano, vestidos para colmo de payaso por el Estado) los que se vieran obligados a partirse la cara con aquellos retoños consentidos de las clases dirigentes, que aseguraban estar luchando en la calle por la paz y la armonía universal.

Al final, si uno tiembla, es de risa. Y si ríe, acaba siendo por no llorar.

 

   

Sábado, 09 de Enero de 2010 08:33

Querido Juan 

  Hoy se me han pasado por la cabeza algunos retazos reflexivos que quisiera compartir contigo, en un rápido correo a vuelatecla, para que no se me queden en el disco duro en futuros envíos.

Yo he recuperado la fe en Dios, pero se trata de lo que en Alcohólicos Anónimos llamábamos el Poder Superior, y es una entidad en la que en realidad nunca había dejado de creer. En mis momentos más inmodestos he llegado a pensar que ese Dios era yo; y de algún modo esos momentos no son tan inmodestos, porque todos somos o deberíamos ser nuestro propio Dios.

Creer en Dios no significa ser cristiano practicante. Yo no soy cristiano practicante. Aunque hay aspectos del cristianismo, como del judaísmo o del islamismo, o ya que estamos del marxismo, que me parecen dignos de ser tenidos en cuenta. También hay aspectos del budismo que siempre me han interesado, pero en relación con el budismo se puede decir que me interesa todo él, y que hasta cierto punto soy budista; un budista «natural» (es decir: congénito, instintivo).

El budismo es compatible con todo (¡menos con la vida misma! ¡Ja ja ja!). En mi caso soy una especie de budista-panteísta-epicúreo-estoico-nietzscheano que cree en un poder superior y en el flujo cósmico permanente de todas las cosas. ¡Casi nada!

El domingo pasado fui a misa, en una iglesia cercana. Debió de ser la primera vez en treinta años. Aunque experimenté algún pico aislado de auténtica emoción, el balance final no fue demasiado positivo. El sermón no me acabó de gustar, y además olía a humanidad; un olorcillo vagamente desagradable. En el momento del «daos la paz» le di la mano a un señor que tenía cerca de mí, al otro lado del pasillo que separaba las filas de bancos, y me sentí bastante raro.

Para cuando llegó el final de la ceremonia estaba deseando salir de allí con cierta urgencia. Observé no obstante que en el templo había gente joven, que por la pinta no hubiera desentonado en ningún lugar de encuentro mundano al uso; quiero decir que eran jóvenes «de verdad», como los que se cruza uno en cualquier momento por la calle, echando risotadas en pandilla. Otro dato, a mi juicio muy revelador: la iglesia estaba llena a rebosar; hasta el punto de que mucha gente se había quedado sin asiento.

Los mundos desconocidos nos rodean por todas partes. Así como a más de uno, y sobre todo a más de un letraherido español y no español contemporáneo, le vendría bien darse de vez en cuando una vuelta por el metro y entornos similares, también a más de uno le vendría muy bien acudir a estos otros sitios largamente desestimados. Vivimos, como en alguna ocasión te he comentado ya, en un mundo de mil mundos ocultos.

En fin. A mí me gustan los buenos sermones; las homilías inspiradas. Son lo mejor de una misa, cuando son buenos. Se me ocurre que el sermón es un verdadero género literario; con lo cual no creo descubrir nada nuevo. ¿Te has parado a pensar que las conferencias son los sermones laicos? Un buen sermón es una conferencia espiritual de altos vuelos. Me gustaría saber de algún maestro en homilías, para ir a sus misas, como quien va de oyente a las clases de un catedrático brillante.

Yo nunca puse tenderete, Juan. No quise. Pero me instalé pronto en la plaza, y allí sigo. Escuchando a los que venden. No suelo comprar nada importante, pero me quedo con muchas pequeñas y no tan pequeñas cosas de valor y utilidad.

 

Un fuerte abrazo del barón Solo.

 

   

El Hombre Solitario

Hombre solitario

Retrato del autor: Amédée

El Hombre Solitario es el daimon de Roger Wolfe.
    La relación entre Roger Wolfe y el Hombre Solitario, y entre esos dos personajes y el resto del mundo, se resume bastante bien en la siguiente canción de Leonard Cohen, especialmente traducida y adaptada por Solitario & Wolfe para la ocasión:

Te vi esta mañana
pasar a toda prisa.
Del pasado, a veces,
es difícil apartar la vista.
Y no sabes cómo
te echo todavía en falta.
Aquí no hay nadie,
desde luego;
pero tú y yo aún nos amamos
en mi vida secreta.

Sonrío si me enfado,
y hago trampa, y miento;
hago lo que debo
para ir apañando los días.
Pero sé lo que está mal,
y sé lo que está bien;
y por la verdad moriría
en mi vida secreta.

Espera, espera, hermano;
espera, hermana, espera;
mis órdenes, por fin, ya llegan.
Marcharé por la mañana
y marcharé toda la noche;
cruzaré las fronteras
de mi vida secreta.

Le eché un vistazo a la prensa
y casi me deshago en lágrimas.
A nadie en el mundo le importa
quién viva y quién muera.
Y el que da las cartas lo que quiere
es que sólo veas el negro
y sólo veas el blanco.
A Dios gracias no es así de fácil
en mi vida secreta.

Me muerdo el labio
y hago como que compro:
desde el último éxito
hasta la sabiduría de los viejos.
Pero siempre estoy solo,
y mi corazón es puro hielo;
y me dejo curtir por el frío
en mi vida secreta.