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Los siguientes poemas inéditos forman parte del libro «Gran esperanza un tiempo», que será publicado el año próximo por la editorial Huacanamo. LA HECATOMBE Huele a apocalipsis. El aroma flota inconfundible en el ambiente. Las mujeres saben por instinto que se acerca el fin; sus cuerpos se exhiben como fauces boquiabiertas anunciando la hecatombe. Nadie parece preocupado. Yo mismo lo estoy tan sólo por momentos; la inercia hormonal es más fuerte incluso que mi pánico. Cuando el pánico se impone recurro a las pastillas. Que se me están, por cierto, terminando. Tendré que buscarme pronto otro analista (el que tenía se esfumó hace meses, tragado por el aséptico desagüe de un teléfono que no contesta). Le contaré la milonga de costumbre. Lloraré un poco. Hasta que suelte las recetas. Pero no le hablaré del fin del mundo. Podría tomarme por esquizo, y no conviene. Cuanto menos sepan estos pollos, mucho mejor.
* ANTONIO COLINAS
Estoy leyendo esta noche unos poemas de Antonio Colinas. Y viéndolo a él, en un asiento de un talgo que cruzaba la meseta castellana, leyendo a su vez un libro de poesía. No me vio, y aunque hubiera levantado la vista, y sus ojos se hubieran encontrado con los míos, no hubiera sabido, por supuesto, a quién veía. Estábamos y estamos probablemente, aunque este poema lo desmienta, en galaxias diferentes. Yo iba de camino a la cafetería, a tomarme algo y a fumarme un cigarrillo. Fue ya hacia finales del siglo XX. No hace ni una década de aquello, pero han pasado épocas enteras. Ya no se puede fumar en ningún sitio. La poesía entonces estaba moribunda; ahora está muerta y enterrada. Yo mismo rara vez la escribo; con cuentagotas, si acaso, en noches intempestivamente cálidas de otoño, como ésta, mientras fumo junto al ventanal abierto y recuerdo a Antonio Colinas leyendo —ser de otro planeta— un libro de versos en un tren en marcha hacia el olvido.
* LA ESPERA
Fumo un cigarrillo de media mañana en la terraza. Los árboles del parque siguen mudando de color, mientras el mundo ruge, cerca y lejos, en mil focos de conflicto. Pero la calle está llena de gente endomingada. Es fiesta: día uno de noviembre. Una mujer hermosa baja por la acera, resplandeciente de poder y de belleza. No sé muy bien qué hago aquí. Nunca lo supe. La espera continúa.
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Medianoche en Alicante. Desde el balcón de mi hotel de la calle Mayor, en la estrecha franja negra que limitan casi tocándose las cornisas, diviso dos gaviotas que flotan como jirones de lino deslizándose por el firmamento. Alguna anémica estrella tirita, solitaria y desangelada, en la bóveda del cielo. Por la calle pasa un moro componiendo un mensaje en un teléfono móvil. Yo apuro el cigarrillo y me meto en la habitación. Junto a la cama, un cartel anuncia en inglés: «Hay algo mejor que hacer realidad tus sueños. Hacer realidad los de los demás...». La poesía en el siglo XXI.
* EL JUEGO DE LOS CHINOS
Tengo un juego que practico a veces que yo llamo «del I Ching». Consiste en coger de un estante o de la mesa aleatoriamente un libro, y abrirlo sin mirar, por cualquier parte. Y ver lo que me encuentro. Esta noche he agarrado la Tercera antolojía poética, de Juan Ramón Jiménez, y en la página 730 me he topado con estos versos que transcribo: «¡Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...!». ¡Ah, bendito seas, Juan Ramón! ¡Te puedo asegurar que no te fuiste! El cadáver, J. R., no eras tú.
* FIN DE MUNDO
Noche de sábado hacia el final de la primera década del siglo XXI. Ruidos de cristales rotos en el parque; gritos de histéricas quinceañeras borrachas, energuménicos aullidos de adolescentes intoxicados. Ramas que se tronchan, persecuciones, alaridos... Imagino los campamentos de los bárbaros que cercaban el Imperio con su lento avance inexorable. Sólo faltan las fogatas. En lo más alto del cielo, la luna que Cernuda contemplaba en Méjico resplandece, imperturbable. Ha visto el fin del mundo muchas veces.
* EL TIEMPO Y EL ESPACIO
A la gente suele gustarle presumir, cuando presume de estas cosas, de haber venido demasiado pronto al mundo: «Yo me adelanté a mi tiempo»; «Mi época no ha llegado todavía»; «El futuro me dará la razón»... En mi caso tengo claro que nací bastante más tarde de la cuenta. Maugham, Mann, Baroja, Pla, Papini, Eliot, Proust...; ésos, sin duda, eran los míos. A caballo, todos ellos, entre dos centurias. Y tan perdidos, si lo pienso, como yo. Eso es lo triste, pero tiene también su trágica grandeza: ser epígono de uno mismo. Y su único superviviente.
* POEMA PARA LOS PROGRESISTAS
Vuestra única y bien triste reclamación ante la fama es haber contribuido a acelerar la llegada del final, que en términos históricos está a tan sólo un parpadeo del lamentable punto en que ahora mismo nos hallamos en el tiempo y el espacio. Hasta que finalmente se produzca, sin embargo, el definitivo descenso del telón, el mundo insistirá, con terca y entrañable mansedumbre, en los hábitos que tanta bilis os hacen segregar...; oponiendo a vuestro odio el benévolo castigo de su imperturbable indiferencia: el sol continuará saliendo por el este; los días, durando veinticuatro horas; los hombres, amando a las mujeres; la lluvia, cayendo en vertical.
* Gente paseando perros por el parque a la blanda luz del alba: son como palillos que jalonan las veredas. Un aire frío se lleva el humo de mis lentas bocanadas por la rendija del cristal de la ventana. Es ahora cuando las cosas deberían detenerse. Podríamos encuadrar este momento y colgarlo en la pared. Y sentarnos luego bajo el cuadro, congelados en la eternidad dichosa del instante, sin consciencia del presente, ni del futuro, ni del pasado.
* VIDAS IMAGINARIAS
Una chica sola, a lo lejos, en la calle. Sé que es guapa; mi olfato visual es infalible. Podría coger los prismáticos y mirarla más de cerca. Pero no estoy para actividades hitchcockianas esta tarde. Al margen de que solas no están nunca. No hay chicas guapas solas. Eso sólo pasa en las películas. De hecho, si esto fuera una película, yo bajaría, seguiría a esa chica, la abordaría, y muy pronto habría florecido entre nosotros un bello romance, o por lo menos una excitante historia de cama (que es al fin y al cabo lo que importa). Pero eso son películas. Todo mentira. Como esta inútil vida imaginaria de quien se dedica a mirar por las ventanas.
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EL RUIDO DEL TIEMPO
Ahí fuera, en la noche, pasa un camión con un ruido que de pronto me hace pensar en los 70: viejas carreteras, desangeladas estaciones de servicio, cafeterías cutres...; España como era. ¿Triste? No lo sé. El tiempo se nos va. Y eso es lo más triste de todo.
* CAMINO DE RONDA
Un taxi, muy de noche. Arriba, las estrellas. «Esto no es como las ciudades», me dice el chófer. «Ya», le contesto, adormilado. El coche avanza, derramando haces de luz por los sembrados.
* LAS CORRESPONDENCIAS
¿Qué hubiera dicho Baudelaire de esas ventanas encendidas, el silencio de esta noche de primavera madrileña, los faroles amarillos entre los árboles del parque en calma este domingo que se ha ido para no volver?
Qué pena no tener a nuestro lado a nuestros muertos. Los míos yacen todos entre las ajadas tapas de libros que raras veces abro. Sus palabras, sin embargo, me acompañan y brotan en mágicos momentos como éste de una pluma que aún guían sus manos.
Mágicos momentos en que por instantes todavía se puede ser feliz.
* UN VIEJO CON UN SOMBRERO DE PAJA
Puesto que aún no puedo irme por lo visto al otro barrio, me gustaría hacerme viejo más deprisa, más deprisa; y estar sentado en una silla al sol del mediodía. Que hubiera un poco de mar. Que hubiera un poco de cielo. Y luego... Pongámosle al abuelo un sombrero de paja en la cabeza. Y un cigarro entre los dedos. Y dejémoslo —ahora sí— ahí quieto; medio lelo, pero tranquilo y solo.
* LA LLAMADA DE LA ESCRITURA
Necesidad de escribir, pero ¿de escribir qué? Es bueno ser poeta. Pero la poesía es una espera permanente; una sucesión de tiempos muertos que de vez en cuando alumbra la llama más o menos viva de una vela. El escritor necesita sus cámaras y acción; una continuidad gozosa de la idea en desarrollo. Las palabras deben ser el río que nos lleve. Hace tanto tiempo que no fluye este río que ya dudo que un día sus aguas me arrastraran. Dudo de mi nombre. Dudo de mis manos. Dudo incluso de mi rostro; los espejos me devuelven sobresaltos. Necesidad de escribir. Necesidad de volcarme de nuevo en el caudal de la escritura. Necesidad de escribir. Cualquier cosa. Lo que sea. Ser pura corriente de caudalosa letra impresa.
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