El suelo que pisamos

   (29 de junio de 2009)

Han subido un ochenta por ciento el tabaco. Cuidado, que no hay errata; he dicho ochenta por ciento, y es verdad: la bolsa de picadura que ayer costaba dos euros cuesta tres con sesenta hoy. Así, como lo oyen. A eso, señores, se le llama una subida. De la noche a la mañana y con un par, como dice el vulgo en estos casos. Pero ya se sabe: la OMS y sus esbirros farmacéuticos aprietan, y hay que ponerse al día y «converger». Y lo que es más importante: alguien tiene que pagar esta «crisis» que se han sacado de la manga para enfriar un poco el horno y replantear sus infames estrategias de corporatocrático control global.

A mí, por supuesto, me trae bastante al fresco. Es muy probable que pronto empiece a cultivar mi propio tabaco. De momento, en todo caso, como si lo suben el mil por cien; mi imperturbabilidad es beatífica, total. Lo cual no necesariamente puede afirmarse de todo el mundo. Al final lo que van a conseguir es abrir otro campo más, de pingües beneficios, para la delincuencia organizada, y resucitar un área de actividad que ya parecía casi olvidada: la del contrabando de tabaco. Quizá hasta sea eso lo que persigan.

Satán vive, y una de sus encarnaciones en la tierra, además de la OMS, es Antitabaco (que de hecho es uno de los largos y más poderosos tentáculos de la OMS). Pero Satán nunca podrá con Dios, o como cada uno quiera llamar a la cósmica fuerza primigenia que alienta en todo aquello que palpita y que respira. El ángel del mal ya cayó en el abismo en la noche de los tiempos, chillando como el endemoniado que era, y volverá a caer, una y otra vez, por los siglos de los siglos y durante el resto de la eternidad.

Mientras se precipita en el vacío, que vuelva a considerar que su vida misma se la puede agradecer a las infalibles leyes de la divina compensación que rigen el universo, y que si le fue insuflada no se debió a otro motivo que el de concederle la gozosísima oportunidad de redimirse algún lejano día, como sin duda ocurrirá.

En cuanto a los no fumadores —y cuando digo no fumadores digo bien, porque los anti fumadores todo esto lo saben ya más que de sobra— cada vez que:

– viajen en metro, o se suban a un tren o a un autobús;

– recorran con sus diabólicos coches una nueva y flamante carretera o autopista;

– visiten a su médico en el centro público de salud;

– les tengan que poner una prótesis de rodilla, por abuso del futin en superficies duras o por simple deterioro motivado por la edad, en un hospital de la Seguridad Social;

– sean rescatados de una peña por la guardia civil, más muertos que vivos, por andar haciendo el tonto horadando montañas con sus clavos de escalada;

– lleven a sus hijos a un colegio estatal;

– disfruten de una beca de estudios, o de un crédito a bajo interés para la puesta en marcha de un negocio, o ganen (¡atención, artistas, poetas y escritores!) alguno de los innumerables premios literarios oficiales que existen en este país, o se beneficien de las infinitas ayudas a la creación, y al teatro y al cine y a cualquier otra expresión artística que se pueda y quiera imaginar, que Papá Estado pone asimismo a disposición de los ciudadanos para su mejoramiento intelectual y humano;

– se paren en la calle a consultar la hora a la luz de una farola;

– echen basura orgánica e inorgánica en cubos y contenedores municipales;

– tiren de la cadena y evacuen sus más íntimas porquerías por la taza del váter, para mandarlas de camino a la correspondiente red de saneamiento del lugar en el que vivan;

– etc. etc. etc. (la lista sería realmente interminable)...;

que recuerden que en muy considerable medida nos deben todas esas pequeñas y grandes bendiciones cotidianas, y muchísimas más que dan por automáticamente concedidas, y en cuyas aparentemente milagrosas fuentes de subvención y financiación raras veces se paran a pensar, a los fumadores.

Y que luego se arrodillen y den gracias, también ellos, a Dios; y que besen, reiteradamente y con la mayor y más exquisita ternura de la que sean capaces, el suelo que pisamos y con ellos compartimos.